
Los orígenes de Sevilla se remontan a unos 2.700 años atrás. En época romana la ciudad ya existía, y fue incrementando su importancia. El propio Julio César se estableció en ella durante un tiempo. Testigo de este periodo es el gran Anfiteatro de Itálica, a tan sólo 3 km. del centro de la ciudad.
Tras la caída del Imperio Romano y el periodo Visigodo, Sevilla se convirtió en una ciudad musulmana durante más de 5 siglos (712-1248), que dejaron importantes monumentos como los elementos más antiguos del Palacio Real (Reales Alcázares), la Torre del Oro, y la famosa Giralda (antiguo minarete posteriormente adaptado como campanario de la Catedral).
En 1248 la ciudad fue conquistada por los cristianos del reino de Castilla y León, cuyos reyes pasarán largos periodos en Sevilla enriqueciéndola y ampliando el Palacio Real con nuevos y fastuosos edificios. En esta época (1401) comienza la edificación de su soberbia Catedral, tercer templo de la Cristiandad por sus dimensiones.
Pero sin duda el momento de máximo esplendor comienza tras el descubrimiento de América. Sevilla, único puerto interior de España, será durante unos 250 años Puerto de Indias, gozando del monopolio del comercio con las nuevas colonias. Es en este periodo cuando importantes artistas como Miguel de Cervantes o Diego Velásquez viven en la ciudad, a la sazón una de las mayores y más ricas de Europa.
En el siglo XVIII llegará la decadencia, cuando el Puerto de Indias es trasladado de Sevilla a Cádiz. Sin embargo, también en esta época se llevan a cabo importantes construcciones, entre las que destaca la Real Fábrica de Tabacos (lugar de trabajo de la famosa Carmen).
En el siglo XX Sevilla volverá a conocer un gran impulso urbanístico con dos grandes exposiciones internacionales: la Exposición Iberoamericana de 1929, cuyo máximo exponente arquitectónico es la Plaza de España, y la Exposición Universal de 1992, que dotó a la ciudad de modernas infraestructuras como el espectacular Puente del Alamillo, diseñado por Santiago Calatrava.

